Cuba: República Socialista Soviética del Caribe
Dr. Christian Fernando Pérez Armas
En la Cuba contemporánea persiste una particular retórica de la nostalgia referente a sus relaciones con la “Madrecita Rusia”, aquel lejano imperio magnánimo de cuya amistad dependió la bonanza material de la isla en los 70´s y 80´s; esta melancolía es característica de una cultura revolucionaria donde entre otras cosas, quedó plasmada la huella soviética en Cuba. En diversos registros artísticos, tal actitud asume una especie de memoria post colonial, en la cual se estudian los procesos de interacción entre metrópoli y nación subalterna a través de los rastros de esa relación, definida por contradicciones a menudo invisibles. Cuando se va más allá de los extremismos, que apenas impugnan o sobredimensionan el valor real de una relación que nunca fue simétrica, se encuentran rastros del imaginario colectivo que tienen los cubanos de hoy acerca de los años de proximidad al bloque soviético.
El acto de recordar como experiencia de la memoria para una sociedad como la cubana, (cuyas generaciones mayores de 20 años suelen referir los tiempos anteriores a la desaparición del socialismo europeo y la URSS como un período dichoso) es una evocación que suele transformarse entonces en un acto performativo que irremediablemente acaba haciendo presentes eventos y circunstancias del pasado. Este acto de recordar rebasa los marcos testimoniales y adquiere el significado de un lamento generalizable al entorno social de una época y una sociedad que no volverán jamás. Estas políticas de la nostalgia que articula la sociedad cubana en torno a este segmento de su ayer, explican la manera en que se nombra lo pasado para recordarlo, pero también para negociar las percepciones en torno al mismo; es decir, para establecer los consensos necesarios en la construcción de una memoria colectiva. El pasado se actualiza en sus recuperaciones desde el presente, pero en el caso del periodo post-soviético, la relevancia que adquieren los trabajos de la memoria cubana contemporánea significa además la negociación extra con lo reprimido, aquello que no se dice o cuesta expresar: el trauma del tiempo posterior, el denominado “Periodo Especial” y la agonía económica, el hambre, la escasez.
La bonanza que implicó la relación económica ideal entre un país industrializado y un país pobre y subdesarrollado, como la establecida entre Cuba y la URSS durante “Los Maravillosos Años Soviéticos” terminó en 1989 con la caída del Muro de Berlín. A partir de ese momento, la Cuba revolucionaria regresó a la normalidad: los apagones, las carencias, la inexistencia de otras oportunidades más que dedicarse por entero a cumplir los delirios del Comandante en Jefe, o en su defecto, emigrar a otros países.
“Los Maravillosos Años Soviéticos” viven hoy en la nostalgia de aquellos cubanos nacidos en la época soviética, y se han convertido también en una especie de Arcadia, el ideal de una sociedad cubana soberana, igualitaria y con cierta relativa prosperidad; sin embargo, cabe aclarar que esa relativa prosperidad no se debió a la capacidad intrínseca de la sociedad cubana de proporcionarla, sino a la perfecta relación de complementariedad con la URSS a la que accedió una economía como la cubana, incapaz de la autarquía. Es una generación formada también en un régimen militarista en el que la violencia, el odio, la exclusión produjeron dispositivos como los campos de trabajo forzado, los actos de repudio y sus contrapartes “positivas”, como las marchas del pueblo combatiente; esta superación del totalitarismo tiene que pasar necesariamente por el encaramiento colectivo de la pregunta: ¿Cómo fue que participamos en eso?
La cuestión anterior atormenta probablemente a quienes, habiéndolo vivido, escaparon al encantamiento de la violencia ejercida desde el imaginario del “Hombre Nuevo” y la construcción del Estado Socialista; ese proceso de reconciliación nacional comienza recuperando la memoria: la memoria completa, sistémica, que apela a los testimonios de las víctimas y los reconstruye en el contexto que creó las condiciones para sus experiencias. Y comienza allí porque solo desde la memoria es posible saber qué es lo que debe deconstruirse, desmontarse. En ese sentido, desde hace algunos años vienen produciéndose en el régimen cubano una serie de mutaciones orientadas a garantizar la continuidad del sistema y a borrar el pasado. Es un proceso de gatopardismo político desde el que las retóricas revolucionarias de la guerra fría se han reajustado para utilizar de modo instrumental la noción de diversidad, para ofrecer hacia el exterior una imagen de cambio, con apenas unos retoques. Es una política que implementa nuevos modos de gestionar el control político y la (auto) transición que la envejecida élite política cubana está llevando a cabo.
La constitución de 2018 es muestra del entrampamiento entre la cosmética y la semántica. Se dice que la propiedad privada será reconocida y que se renuncia a la construcción del comunismo, aunque el Partido Comunista seguirá rigiendo los destinos de la nación. Se asegura que el socialismo es irreversible, pero tras bambalinas el modelo socialista está siendo suplantado poco a poco por un capitalismo de Estado de corte neoliberal, que concentra el poder en una élite militar y recorta cada vez más los presupuestos estatales en servicios como la salud pública y la educación (terrenos en los que históricamente ha descansado la legitimidad del gobierno cubano). Es un cambio restringido al ámbito económico, al desarrollo de un capitalismo de Estado post-socialista, que permite unos servicios controlados por unas élites militares y políticas, a los cuales la mayoría de la población no tiene acceso. De este modo, la “nueva Cuba” se ha convertido en una ilusión, en un espacio, que sigue exportando una idea distorsionada de la isla y de su gente. Un artefacto que recicla y produce estereotipos, fetiches y desmemoria. La pregunta más pertinente sería: ¿Una nueva Cuba, para quién?